Una cosa que tardé en entender es que la literatura no es un monólogo. No es un escritor que habla y un lector que escucha. Es una conversación que ocurre en diferido: el escritor deja algo en la página, y el lector lo completa con su propia experiencia, su propio contexto, sus propias heridas y alegrías.
Eso significa que el texto que llega al lector no es exactamente el que escribiste. Es una colaboración. El lector lo reescribe mientras lo lee. Y eso es una de las cosas más fascinantes de este oficio: que el mismo libro puede producir lecturas completamente distintas sin que ninguna sea necesariamente errónea.
El lector que no esperabas
Una de las mejores cosas que puede pasarte como escritor es que alguien te diga que tu libro le llegó de una manera que tú no habías previsto. Que encontró en él algo que no pusiste conscientemente. Esos momentos son la mejor demostración de que la literatura es un territorio que el autor no controla del todo, y que esa falta de control es una de sus virtudes.