Me preguntan a veces si me considero más poeta o más narrador. La pregunta me resulta algo extraña, como si hubiera que elegir entre respirar por la nariz o por la boca. Escribo poesía y escribo prosa, y los dos modos se alimentan mutuamente de formas que no siempre soy capaz de articular del todo.
La prosa poética —ese territorio fronterizo que no es del todo poesía ni del todo narrativa— es probablemente donde me siento más cómodo. La libertad del ritmo, la densidad de la imagen, la posibilidad de que una frase sea al mismo tiempo un argumento y una música.
Los géneros como herramientas, no como jaulas
Creo que los géneros son herramientas, no definiciones identitarias. Cuando escribo, elijo el género que mejor sirve a lo que quiero contar en ese momento. A veces eso es la contundencia de la narrativa; otras veces, la concentración de la poesía; otras, algo que está entre las dos.
Lo que nunca cambia es la pregunta de fondo: ¿qué es lo que quiero decir y cuál es la forma más honesta de decirlo?