Hay algo extraño en lo que pasa cuando uno publica un libro: de repente existe una versión de ti mismo que no eres del todo tú. Una figura pública que lleva tu nombre, que aparece en entrevistas, que tiene ciertas posiciones y ciertos libros atribuidos. Y esa figura tiene una vida propia que no siempre controlas.
No estoy hablando de fraude o de falsedad. Estoy hablando de algo más sutil: la distancia inevitable entre la persona que escribe y el escritor que construye la escritura. Son la misma persona y no lo son. Conviven sin demasiada comodidad.
La autoficción como territorio honesto
La autoficción me interesa precisamente porque pone sobre la mesa esa tensión sin resolverla. No finge que el autor y el narrador son la misma persona, pero tampoco pretende que son completamente distintos. Se instala en esa zona de ambigüedad y la convierte en materia literaria.