Tengo una regla que raramente rompo: antes de dar un texto por terminado, lo leo en voz alta. Completamente, de principio a fin. Si puedo hacerlo con alguien delante, mejor; si no, solo. Pero en voz alta.
Viene del teatro, claro. En el escenario aprendes que el texto escrito y el texto dicho son dos cosas distintas. Lo que funciona en la página puede sonar artificioso cuando se pronuncia. Y lo que parece torpe en la lectura silenciosa puede ganar una potencia extraña cuando se escucha.
Lo que revela la voz
La voz revela tres cosas fundamentales: el ritmo real de las frases, los lugares donde el texto se atasca, y los momentos donde el lector —representado por el que lee en voz alta— pierde el hilo. Esas tres informaciones valen más que muchas horas de corrección silenciosa.