Hay una palabra que uso para definir mi relación con el teatro que nunca termina de convencer del todo a la gente: farandulero. La uso a propósito. Tiene algo de autoironía, sí, pero también esconde una reivindicación seria: la farandulia es el oficio de los que llevan la cultura de un sitio a otro, de los que convierten la narración en algo vivo y compartido.
Empecé a escribir mucho antes de subir a un escenario. Pero el teatro me enseñó algo que la página en blanco, por sí sola, no puede enseñarte: que una historia no existe hasta que alguien la recibe. Que el texto es solo la mitad del evento.
Lo que el escenario le da a la escritura
Cuando escribes sabiendo que el texto va a ser dicho en voz alta, en un espacio compartido con otros, cambias cosas. El ritmo se vuelve más importante. La economía de palabras se agudiza. Aprendes a confiar en el silencio, en la pausa, en lo que no se dice.
Todo eso ha vuelto a mi escritura literaria. Mis libros tienen, creo, algo de ese ritmo oral. Algo que suena bien cuando se lee en voz alta. No es casualidad.
